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Leyendas y Creencias Populares
La palabra leyenda se usa para significar narraciones tradicionales que no son interpretadas como ficción, sino que se suponen verdaderas. Se trata de relatos de fenómenos o hechos históricos de origen anónimo, tradicional y popular, que han sido transmitidos por vía oral, aun cuando haya existido la recopilación escrita posterior. Narran sucesos que se tienen por ocurridos alguna vez en tiempos remotos e inciertos y que explican el origen de elementos de la naturaleza (generalmente a través de una metamorfosis o transformación) y que sustentan creencias y costumbres de una determinada cultura.

LA UMITA
Este asustador está muy arraigado en el noroeste argentino y en Santiago del Estero. Dicen por allá que es una cabeza humana sin cuerpo que anda flotando a ras del piso por los caminos solitarios, o aparece en taperas (ranchos abandonados). Tiene una larga y desprolija cabellera, ojos desorbitados, dientes desparejos y salientes. Cuando se desplaza emite un llanto lastimero. Se cree que se acerca a los caminantes, no para agredirlos, sino para pedirles ayuda, que consiste en elevar oraciones a fin de lograr la redención, y descansar en paz. Nadie ha contado el motivo del horrendo sufrimiento, aunque sí se acepta que pena por un castigo. Por supuesto, no consigue su objetivo, porque el terror que despierta la cara desencajada y los horrendos gritos que emite, espanta a los caminantes.
Si algún hombre vence el miedo y la pelea, debe hacerlo durante toda la noche. Nadie ha conseguido vencerla. Afirman los paisanos que en todos los casos, al llegar la madrugada se convierte en un toro o ternero, y allí le cuenta el motivo de su sufrimiento. El mortal que escucha la confesión se vuelve mudo, y de esa manera se conserva el secreto para siempre.
También creen los norteños que si alguien se anima a soportar el asco y miedo que produce el rostro desencajado, será amigo de la Umita. En ese trance, ella lo acompañará en su camino haciendo de guía, protegiéndolo de los malos espíritus y de los peligros que acechan al caminante.
La constante migración interna que se produce en nuestro país, difundió esta creencia allí donde se radican los provincianos. Es decir que la presencia de la Umita se comenta en una superficie muy amplia que podemos medir desde el Río colorado en el sur, hasta la Quiaca en el norte, aunque sin el predicamento del noroeste o Santiago del Estero.
Según una recopilación de Wenceslao Sierra Arbayza, en el Perú, la Uma o Quequi es una mujer joven, que sale a pasear con la cabeza separada de su cuerpo. La bruja se divide en dos: la cabeza voladora, donde se concentra toda su vida, y el cuerpo, que permanece inerte mientras dura el hechizo, pero mantiene una vida latente que se manifiesta en el burbujeo que hace la sangre en el cuello. Sus salidas son siempre de noche, para algunos las noches de luna llena, para otros algunos días especiales (viernes, martes, jueves).
Su grito más frecuente es waq... waq..., parecido al pato. Come excrementos humanos que confunde con manzanas. Tiene los cabellos largos y enredados. Normalmente en sus salidas encuentra a un hombre solo, comenzando un verdadero combate en el que cada cual utiliza los puntos débiles del contendor para obtener ventaja. El hombre puede atacar a la cabeza o al cuerpo, que están separados. Si ataca el cuerpo inerte de la bruja (que entonces no se puede defender) lo podrá matar
poniéndole sal o cenizas en el cuello, donde la sangre hierve. Si la bruja logra pasar por entre las piernas del hombre, lo mata.
Si la bruja constata que ya no puede pegarse a su propio cuerpo (porque su cuello tiene ceniza), vuelve al ataque buscando prenderse del hombro del hombre, apropiándose así de su cuerpo, que tendrá en adelante dos cabezas. Contra la Uma en vuelo el hombre tiene un arma fundamental: las espinas, con las cuales se recubre los hombros y la entrepierna para protegerse, o que utiliza como arma para atrapar la cabeza. Existe también la posibilidad de esconderse o escapar, pero entonces la cabeza tiene las posibilidades de ganar, porque es muy rápida y tiene buen olfato.
Quien soporte su presencia también puede obtener riquezas prometiendo a la Uma liberarla. Ella conoce los sitios donde se esconden los tesoros minerales de la tierra, de los cuales es dueña y los puede regalar. Ella pertenece a esta vida, es una mujer mala, castigada por Dios de esa manera.
EL ARCO IRIS
Siete almas que desearon permanecer unidas por la eternidad, es el regalo que recibimos después de cada tormenta.

Hace mucho, mucho tiempo en la espesa selva esmeralda habitaban pequeños animalitos que provocaban la admiración de todos aquellos que tenían la suerte de poder verlos.
Eran siete magníficas mariposas, todas diferentes pero cada una con sus alas pintadas de un color brillante y único.
Su belleza era tal, que las flores de la selva se sentían apocadas cada vez que las mariposas revoloteaban a su alrededor.
Eran inseparables, y cuando recorrían la selva parecía una nube de colores, deslumbrante y movediza. Pero un día una de ellas se hirió con una aguda espina y ya no pudo volar con sus amigas. El resto de las mariposas la rodeo y pronto comprendieron que la profunda herida era mortal.
Volaron hasta el cielo para esta cerca de los dioses, y sin dudarlo, ofrecieron a realizar cualquier sacrificio con tal de que la muerte de su amiga no las separara.
Una voz grave y profunda quebró el silencio de los cielos y les preguntó si estaban dispuestas a dar sus propias vidas con tal de permanecer juntas, a lo que contestaron afirmativamente.
En ese instante fuertes vientos cruzaron los cielos, las nubes se volvieron negras, y la lluvia y los rayos formaron una tormenta como nunca se había conocido. Un remolino envolvió las siete mariposas y las elevó más allá de las nubes.
Cuando todo se calmó y el sol se disponía a comenzar su trabajo para secar la tierra , una imponente curva luminosa cruzó el cielo, un arco que estaba pintado con los colores de las siete mariposas, y que brillaba gracias a las almas de estas siete amigas que no temieron a la muerte con tal de permanecer juntas.
EL CRESPIN
El crespín es un pájaro del tamaño de un gorrión. Tiene la cola larga y las alas cortas. Su canto parece decir: "cres ... pín.... cres ... pín... Se lo ve en tiempos de la cosecha del trigo, en el centro y noroeste argentino, y su canto otorga cierta tristeza al paisaje. Cuenta la leyenda que Crespín era un criollo bueno y trabajador, que prefería la vida sencilla y sobria.
En cambio, a Durmisa, su esposa, le gustaban mucho las fiestas y la música y sobre todo el baile. Sucedió un año, de cosecha muy abundante, que Crespín tuvo que trabajar de sol a sol para poder terminar con la siega y la trilla. Y fueron muchos días; tantos, que a Crespín le parecieron uno por cada espiga de trigo del campo. Una tarde llegó a su rancho muy cansado y sintiéndose enfermo a causa de tanto esfuerzo. Durmisa no le prestó atención; estaba ocupada bailando.
---Estoy enfermo y tengo que terminar con la cosecha -dijo crespín-. Por favor, ve al pueblo y tráeme medicina para poder levantarme mañana y seguir con el trabajo.
Durmisa no le dio mucha importancia, pero dejó su danza y partió hacia el pueblo. En el camino se encontró con un baile, donde todo el mundo festejaba la, terminación de la cosecha. Y no bien oyó la música de una zamba olvidó a su esposo. Sin poder contenerse, comenzó a bailar, una y otra zamba, y ya no pudo parar más.
Entonces vinieron a avisarle que crespín se encontraba moribundo. -La vida es corta para divertirse y larga para llorar -contestó ella sin preocuparse, y siguió bailando. Terminada la fiesta, Durmisa volvió a su casa. Crespín no estaba allí. Lo buscó por los alrededores, y nada. Llena de remordimiento, atravesó el trigal sin dejar de llamar a Crespín hasta casi quedarse sin voz. Con el último aliento, enloquecida, Durmisa pidió a Dios que le diera alas para seguir la búsqueda, sin saber que Crespín había muerto esa noche y que unos vecinos piadosos lo habían velado y enterrado. Y así, convertida en pájaro, todavía sigue buscándolo por los trigales dorados de sol, llamando y llamando a Crespín.
LA LEYENDA DE SAN LA MUERTE
En el Culto a San La Muerte, las leyendas son varias, aquí se reseña algunas de ellas. Estas leyendas pueden ser distintas unas de otras o simplemente ser la continuación, en distintos tiempos de una misma historia.
Cuenta la leyenda que la tribu de los Guacarás que tuvo su asentamiento en lo que es hoy Santa Ana de los Guacarás, que cuando se fueron los Jesuitas, los indios tomaron las imágenes de la iglesia, en una de ellas había un tríptico en donde estaba representaba la Tentación de Jesús en el pináculo del Templo de Salomón. Con los personajes de: Jesús, El Diablo y la Muerte y la victoria de la Muerte a cambio de un traspié de Jesús. Los indios se repartieron el tríptico formado por tres tablas talladas por ellos y de esa manera se fueran y cada uno por su lado le siguió efectuando cultos pidiéndoles protección y todas las gracias que necesitaban. Esto dio origen a lo que hoy se conoce San Diablo (la tabla con la imagen del Diablo); a Jesús que no sufrió demasiadas transformaciones y a San la Muerte (también de la tabla con la talla de la Muerte).Luego cuando vuelven los salcedotes a ejercer los oficios religiosos, estas santificaciones se adaptaran en las capillas cristianas.

Otra Leyenda data de una antigüedad mayor que la anterior. Cuenta la leyenda que existió una vez un rey que fue famoso por ser justo en administrar justicia. Este rey muere y va al cielo, En presencia de Dios, éste reconoce lo justo que había sido en la tierra cuando administraba justicia, y le pide que lo ayude en una labor en la cual él iba a ser idóneo para esta tarea, le encomendó el cuidado de la vida y de la muerte de los humanos. Dios lo llevó a un lugar del cielo en donde había un sin fin de velas encendidas, allí le ofreció un trono, las había, as largas y mas cortas, había velas mas grandes y mas pequeñas. Dios le dijo “-¿Ves todas esas velas encendidas…? pues esas velas son la vida de los hombres de la tierra. Tu Labor será que cuando una de las velas se termine de consumir, tendrás que bajar e ir a buscar su alma para conducirla ante mi presencia. Mientras las velas estén ardiendo esas personas están vivas, una vez que haya consumido, es cuando se acaba el tiempo para esa persona, como ves, hay velas mas grandes y velas mas pequeñas, no todos no tienes el mismo tiempo de vida allí en la tierra”. Así por orden divina se convirtió en el ayudante de Dios para controlar la existencia de los hombres. Sus devotos se encomiendan a él en la vida y para que los proteja en la hora de la muerte.
En los Esteros de Iberá se cuenta otra leyenda, o que dije, otra parte de una misma leyenda que forma la historia de este Santito: Cuentan los lugareños que en la región, hace 150 años aproximadamente, había una prisión en donde estaban albergados los leprosos. A estos, por miedo al contagio, los tenían apartados de los demás reclusos, en una edificación alejada, En el pueblo existía un “Payé” (medico brujo), unos dicen que fue un monje Franciscano o un monje Jesuita que cuando Carlos III de España los expulso de la región, se quedó en el lugar para ayudar a los indígenas. Este Payé era conocido por su poder de curación, a través de la administración de yuyos, brebajes, curaciones “de palabra” y oraciones, la administración de una “agua curativa “su gran amor al prójimo, en cual abarcaba también a los leprosos cuando éste se adentraba en sus celdas para ofrecer agua a los enfermos en la culminación de sus vidas por medio de la enfermedad.
Este monje era poco para toda la comunidad. Sus tareas se debían multiplicar para dar auxilio a todos los que requerían de su ayuda para curar males del cuerpo como así también males espirituales, o bien sacarle “algún daño” a una persona que había sido victima de algún “ojeo”, por otra mal intencionada. El Payé se hacia su tiempo para correr hasta la orilla del río (o Laguna), sentarse bajo algún árbol frondoso, ponerse en cuclillas, y meditar mirando correr el agua.
Todo sería igual, con la monotonía de siempre, ayudaba a las personas del poblado y de los que venían de la selva; llevando el agua para calmar la sed de los enfermos en el leprosarío; tomándose el tiempo para descansar su delgado cuerpo a la sombra de un árbol en la orilla del río. Hasta que, llegaron al lugar nuevamente los salcedotes cristianos, que volvían a retomar la empresa comenzada por los misioneros.
Los sacerdotes al enterarse de la presencia del Payé, confabulan con las autoridades y hacen poner preso a éste, y lo encierran en una celda con los leprosos. El Payé, sin oponer resistencia se deja conducir, que lo encierran. Pero en protesta hace ayuno y de pie. Apoyado en un callado (bastón largo que utilizan los pastores o los viajeros para ayudarse a caminar), de pie, hasta que la muerte le llega en un momento. Nadie se dado cuenta de su muerte hasta luego de un tiempo prolongado cuando abren la puerta de su celda y lo encuentran muerto, de pie con su túnica negra, apoyado en el callado (que tenia forma de L invertida) sus carnes consumidas, era solo su esqueleto cubierto por la piel.
El apodo de Señor La Muerte puede venir, porque Payé, se ocupaba de las personas con lepra, (que en esa época tener esta enfermedad, la cual no tenía cura, era una sentencia de muerte segura.

Otra versión de la misma leyenda cuenta que el hijo de un cacique, joven y fuerte estaba protegido por Yasi (La Luna), que le habla enseñando a fabricar un amuleto protector. Su madrastra era iniciada en el culto a Aña (el Diablo), envidiosa por la suerte de Payé, por la valentía y el coraje de éste, quería todos los atributos para su hijo. Una noche mientras dormía, su madrastra le robó el amuleto. Desde entonces Payé que era invencible, comenzó a debilitarse corriendo peligro de muerte. Entonces Tupá (Dios supremo de los guaraníes) le envía un ave que le revela al joven Payé lo ocurrido y como recuperar el amuleto y recuperar su salud y gallardía. Mientras la madrastra enloquecía de envidia.
De la misma leyenda, al sufrir deformaciones por la divulgación de boca en boca, de generación en generación, se ha encontrado que los guaraníes enterraban a sus muertos en posición fetal, porque decían que la vida volvía a reciclarse, y de esta manera la persona se preparaba en la misma posición que tendría en el vientre de la madre para volver a nacer. Esta posición muchos la comparan con la imagen de San la Muerte en cuclillas o en posición fetal, asimilándose a la forma de Payé cuando iba a orillas del río a meditar o descansar, además de ver su esmirriado cuerpo “parecido a un esqueleto” con la capa de piel sobre los huesos. Esa Imagen con el tiempo se pudo haber deformado por la tradición oral cuando se decía “tan flaco que es todo huesos vestido con una capa negra, parece un esqueleto con túnica…”

Sin desdeñar otra información, los lugareños les han dicho a los recopiladores de datos y leyendas en Corrientes y sus alrededores, que el culto a San la Muerte se produce a partir de la expulsión de los Jesuitas de la Cuenca del Plata por orden de Carlos III de España.
Un dato para tener en cuenta es que durante la permanencia de los Jesuitas en la región guaraní, estos tenían una imagen de Cristo sentado con la barbilla apoyada en las manos y dos codos apoyados en rodillas. A este Cristo se lo llamaba Señor de la Humildad y la Paciencia, e incluida en el santoral cristiano, venerándose el 15 de agosto su conmemoración. Es de ahí que en algunos lugares se los venera a San la Muerte ese día, sincretizándolo con el Señor de la Humildad y la Paciencia.
Pero generalmente la fecha de veneración en donde los “prometeros” les rinden culto es el día 20 de agosto.
Además de San La Muerte se le llama: Señor de la Buena Muerte, Señor de la Paciencia, San Justo Nuestro Señor de la Buena Muerte, Nuestro Señor de Dios y la Muerte, San Esqueleto , Ayucaba, Señor que Todo lo Puede (particularmente en Formosa), San Severo de la Muerte (especialmente en Corrientes y en Formosa), o – a veces por temor– solamente San o "El santito".
Los poderes de San La Muerte
Entre los múltiples poderes que se le atribuyen al santo se destaca el de hacer a sus devotos invulnerables al daño, además de inclinar a su favor la suerte en la fortuna y el amor.
Al santo se le piden gracias o se le solicitan daños. En el primer caso se lo puede colocar sobre el retrato de la persona a la que se quiere enamorar; colgarlo cabeza abajo hasta que satisfaga el pedido o enterrarlo en el patio de la casa o frente a la puerta de entrada hasta que cumpla.
En el caso de que se desee hacer daño a un enemigo, también se lo puede asentar sobre el retrato de este o colocarlo mirando hacia el lugar donde vive la persona a la que se desea hacer mal.
Es también creencia que para que el santo comience a actuar hay que llevar su imagen durante siete viernes seguidos a siete iglesias distintas. Luego se lo puede colocar en un altar forrado de negro.
Es conveniente para asegurarse su protección, hacerle alguna promesa que no debe dejar de cumplirse so pena de recibir su castigo.
La bendición de San La Muerte
La influencia milagrosa del santo solo es efectiva si su imagen esta bendecida, y lograrlo no es sencillo dado que el encargado de impartir esta bendición debe ser sacerdote, y es muy difícil hallar uno que se preste para tal fin.
La mejor opción es llevar la imagen que es bastante pequeña de por si, escondida entre un ramo de flores o estampitas de otros santos católicos y descubrirla en el momento en que el cura imparte la bendición, en ambos casos la bendición se considera válida.

LA LEYENDA DE LA VIRGEN DE ITATÍ
Orígenes de la devoción: Se cree que la imagen de la Virgen de Itatí fue traída de la reducción de Ciudad Real, provincia de Guayrá. Los franciscanos emigraron hacia el sur debido a los constantes ataques de los indígenas, llevando consigo la imagen de la Virgen y así llegaron a la región de Yaguarí, donde estaba la Reducción de otro franciscano, fray Luis Gámez. En ese lugar levantaron un oratorio y colocaron a la Virgen, pero un ataque de aborígenes hostiles destruyó el lugar, y la imagen de la Virgen Inmaculada desapareció de allí.
Según la tradición la imagen habría sido encontrada en el curso del alto Paraná, no lejos del puerto de Santa Ana, por un grupo de indios. Estos vieron a la Virgen Inmaculada sobre una piedra (Itatí en guaraní significa "punta de piedra") rodeada de una luz muy brillante y acompañada de una música sobrenatural. Fray Luis Gámez ordenó el inmediato traslado de la figura a la reducción, pero la imagen volvió a desaparecer en dos ocasiones, retornando a su lugar cerca del río.
Los religiosos comprendieron cuál era la voluntad de la Santa Madre, y se dispuso el traslado del asentamiento a esos parajes. En 1615 (1580 según otras versiones) el puerto de Santa Ana quedo abandonado, y fray Luis de Bolaños funda la nueva reducción a la que da el nombre de "Pueblo de Indios de la Pura y Limpia Concepción de Nuestra Señora de Itatí". Con el tiempo, el lugar comenzó a conocerse simplemente como Itatí, y fray Luis de Gamarra, párroco del lugar, fue el primero en dar a conocer los milagros de la Virgen.
En la Semana Santa de 1624 tiene lugar la primera transfiguración de la Virgen, que duró varios días. Gamarra relata en un documento de la época: "... se produjo un extraordinario cambio en su rostro, y estaba tan linda y hermosa que jamás tal la había visto". Las transfiguraciones se repitieron a lo largo de los años, y en ocasiones también se oyó esa música sobrenatural de la que habían hablado los indígenas que encontraron la imagen.
Los milagros y las curaciones son incontables, pero quizás el más increíble y espectacular haya ocurrido en 1748. En ese año hubo un gran malón que buscaba destruir y saquear el poblado, pero cuando los indios llegaron a las puertas de Itatí, se abrió ante ellos una ancha y profunda zanja que les impedía el paso. Ante este hecho se retiraron despavoridos, y los habitantes del lugar acudieron entonces a la capilla agradecer a su Patrona.
Coronación pontificia: El 16 de julio de 1900, la imagen de la Virgen de Itatí fue solemnemente coronada por voluntad el Papa León XIII. Fue entronizada con el nombre de Reina del Paraná y reina del Amor. El 3 de febrero de 1910, el Papa Pío X creó la Diócesis de Corrientes, y el 23 de Abril de 1918, la Virgen de Itatí, fue proclamada Patrona y Protectora de la misma. Su fiesta se celebra el 9 de Julio.
El pueblo: El pequeño pueblo de Itatí se encuentra ubicado a 73 km de Corrientes, Capital provincial, sobre la RN 12, a orillas del Paraná. Su nombre proviene del guaraní, "ita" roca y "tí " punta (punta de piedra). Otra acepción es “ita moroti” (piedra blanca), por los yacimientos de cal que estaban junto al arroyo Caleria.
La imagen: La imagen de la Virgen de Itatí es una talla en madera. Cuerpo de timbó y el rostro de nogal, que mide un metro con veintiséis centímetros de altura. Tiene sus manos juntas en posición de oración, viste un manto azul y túnica blanca, y se considera realizada por una artista indígena de una de las tantas reducciones que jalonaban el Alto Paraná.
Un Santo en Itati: San Luis Orione visitó Itatí en junio de 1937. Así lo relata en una carta del día 27de junio de 1937:
“Estoy en Itatí, bajo la mirada de María Santísima, venerada, en este extremo de la Argentina, en una de las imágenes suyas más milagrosas. La trajo aquí un santo franciscano, el P. Bolaños, que vino a evangelizar a los indios; el nombre del santo Misionero está aún en gran veneración, especialmente en los alrededores de Corrientes; el está sepultado en Buenos Aires, y yo he ido a arrodillarme en su tumba, en la Iglesia de San Francisco…”
“...Llegué a Itatí después de tres horas de auto: ha sido una carrera velocísima, toda a los saltos, por las calles con fosas y montículos, tanto que para no ser destrozado con mi dolor de riñones, todo el tiempo tuve que mantener rectos, firmes y rígidos los brazos sobre el asiento, para poder salvarme, en una maniobra continua de altos y bajos: me parecía ir sobre las montañas rusas. Finalmente apareció el Santuario de Itatí, y ¡fue un gran alivio! El cansancio y el dolor en los riñones se fueron, todo desapareció…”
“… Cuando entré, la antigua iglesia estaba llena de pueblo devoto; me arrodillé en el fondo, en el rincón del publicano y sentí toda la felicidad de encontrarme en la Casa de la Virgen. A los pies de la SS. Virgen de Itatí pude celebrar dos Misas, y pasé horas felices, y raramente sentí tanta alegría como entre estos cohermanos nuestros. Rogué por ustedes y por todos…”
EL CONDOR
El cóndor no siempre usó la golilla que lleva tan elegantemente en el cuello. Se acostumbró a su uso después de haber sido derrotado, luego de una vergonzosa lucha contra un diminuto rival.
Cuenta la leyenda que don Cóndor había bajado al valle en ocasión de unas "chinganas" que se celebraban con motivo de Semana Santa. En uno de los tantos bodegones instalados cerca de una plaza, conoció a un compadrito charlatán y pendenciero, muy famoso en el pago por su apodo de "Chusclín". Se trataba nada menos que de un vulgar chingolo.
Luego de una entretenida charla, en la que don Cóndor y Chusclín alardeaban de pendencieras hazañas y famosas "chupaderas" (en Cuyo "chupar" significa beber vino), como fin de la conversación, formularon entre sí una singular apuesta. Se desafiaron a beber vino: el que "chupara" más sin "curarse" (embriagarse), ganaría la apuesta y el perdedor pagaría el vino consumido y la "vuelta " para todos.
Tanto don Cóndor como Chusclín empinaron sus respectivas damajuanas y así se inició la puja. Don Cóndor de buena fe trataba de agotar el líquido "de una sentada", sin reparar que Chusclín arrojaba al suelo cada sorbo que bebía sin que su rival lo notara. Como don Cóndor no estaba tan acostumbrado al vino como Chusclín, pronto empezó a sentir dolor de cabeza y para atenuarlo se ató un pañuelo, a modo de vincha. Al advertir el juego de su contrincante, lo increpó y se le fue encima. Chusclín, veterano peleador, lo esperó sereno y confiado. Poco duró la pelea porque el chingolo con un certero golpe hizo sangrar la nariz de su antagonista, quien sólo atinó a defenderse. En el entrevero, el pañuelo que don Cóndor tenía atado a la cabeza se le cayó y desde entonces allí lo lleva.
EL ZONDA
En la región del noroeste argentino es conocida esta vieja leyenda, cuyo protagonista es Gilanco, un indio altivo y dominante, caudillo de su tribu y temido por su gran valor. Era considerado el mejor cazador y por ello despertó varias veces las iras de Llastay y de la Pachamama, quienes le recriminaron la matanza despiadada de aves y guanacos.
Cierto día la Pachamama le anunció el castigo. Para que escarmentara, envió al zonda, un viento cálido y seco, que incendió los campos y dejó yermas las tierras entonces fértiles.
A causa de la soberbia de Gilanco, dicen las consejas, el zonda arruina las tierras del Calchaquí, se cuela por entre las piedras de la pirca y las quinchas de los ranchos. Los nativos le temen y se santiguan creyendo que es el alma del cacique condenado a vagar en forma de viento. Así su espíritu llega a contarles su castigo e implorar perdón por sus pecados.
LA DIFUNTRA CORREA
En el transcurso del año 1835, un criollo de apellido Bustos fue reclutado en una leva para las montoneras de Facundo Quiroga y llevado por la fuerza a La Rioja. Su mujer, María Antonia Deolinda Correa, desesperada porque su esposo iba enfermo, tomó a su hijo y siguió las huellas de la montonera.
Cuenta la leyenda que luego de mucho andar y cuando estaba ya al borde de sus fuerzas, sedienta y agotada, se dejó caer en la cima de un pequeño cerro. Unos arrieros que pasaron luego por la zona, al ver animales de carroña que por allí revoloteaban, se acercaron al lugar y encontraron a la madre muerta y al niño aún con vida, amamantándose de sus pechos. Recogieron al pequeño y dieron sepultura a la madre en las proximidades del cementerio Vallecito, en la cuesta de la sierra Pie de Palo. Al conocerse la historia, comenzó la peregrinación de lugareños hasta la tumba de la "difunta Correa". Con el tiempo se levantó un oratorio en el que la gente acercaba ofrendas, práctica que continúa hasta nuestros días.
LA FLOR DEL CEIBO
Anahí era la india más fea de la tribu guaraní, pero su voz tenía la más bella de las sonoridades. Su humilde choza estaba a orillas del inquieto Paraná. Habiendo caído prisionera en una de las frecuentes incursiones de sus indios, fue condenada una noche a morir en la hoguera, por haber dado muerte al centinela que la vigilaba.
La horrible sentencia se cumplió y cuando las llamas habían comenzado a quemar su cuerpo, algo extraño se notó en él. Los verdugos huyeron espantados, pues la delicada figura y el árbol al que había sido atada se agitaban como nunca antes habían visto. A la mañana siguiente, los indios no hallaron rastro alguno de la muchacha en la hoguera; sin embargo, notaron que en el lugar se erguía un inmenso árbol de flores purpurinas. Habían nacido el ceibo y su flor, que encarnaba a la india y a su tribu. Es la flor triste y solitaria de la veneración –ha dicho alguien– y en su forma viva palpita una oculta ternura. El alma de Anahí, la reina fea de la dulce voz, anida en la flor del ceibo.
LA LUZ MALA
Algunos investigadores del folklore nos hablan de fuegos fatuos a los que el indígena consideraba manifestaciones de ultratumba. Lo cierto es que cuando en el camino aparece uno de estos fuegos, el sendero deja de ser transitado por largo tiempo. Los criollos por lo general, los llaman luz mala. Son reales y obedecen a varios fenómenos naturales: pueden ser emanaciones de metano, comunes en terrenos pantanosos como la región de la Provincia de Buenos Aires, cerca de la Bahía de Samborombón. Otras veces son producidos por gases de la descomposición de sustancias orgánicas, sobre todo grasas, enterradas muy cerca de la superficie e incluso por la fosforescencia de las sales de calcio de esqueletos de animales esparcidos en el campo, comúnmente llamados osamentas. En los dos primeros casos, la luminosidad es tenue e intermitente, oscilando o trasladándose de un punto a otro, impulsada por la más leve brisa. En el último caso, concurren varios factores, como el agotamiento visual, el miedo, la falta de puntos de referencia en la oscuridad y la imaginación, que hacen que el observador la vea moverse. Estos desplazamientos, virtuales o reales, hacen que la "luz mala" sea atribuida a "almas en pena", que por ese medio manifiestan su deseo de vincularse a un ser vivo que les sirva de compañía. Según la tradición, tales almas vagan errantes porque sus pecados no les permiten entrar al cielo (aunque tampoco son tan graves como para merecer el infierno). Según la creencia, buscan esa compañía hasta que algún familiar realiza algún acto que las redime.
LA LEYENDA del ÑANDÚ
Hace muchos, muchísimos años, habitaba en tierras mendocinas una tribu de indígenas muy buenos, hospitalarios y trabajadores. Vivían en paz hasta que un buen día se enteraron de que del otro lado de la cordillera y desde el norte de la región se les acercaban aborígenes guerreros muy bravíos.
Pronto los invasores los rodearon y entonces los nativos decidieron pedir ayuda a un pueblo amigo que vivía en el este. Sin embargo, para llevar la noticia era necesario pasar a través del cerco de los enemigos y nadie se animaba a hacerlo.
Finalmente un muchacho de veinte años, fuerte y ágil, que se había casado con una joven de su tribu hacía apenas un mes, se presentó ante su jefe, resuelto a todo. Se ofreció a intentar la aventura y después de recibir una cariñosa despedida de los suyos, partió muy de madrugada en compañía de su esposa. Marchando con el incansable trotecito indígena, marido y mujer no encontraron sino hasta el segundo día, las avanzadas enemigas. Sin separarse ni por un momento y confiados en sus ágiles piernas, corrieron, saltaron, evitaron los lazos y boleadoras que los invasores les lanzaban. Perseguidos cada vez más de cerca por los feroces guerreros, continuaron la carrera, hacia el naciente. Y cuando parecía que ya iban a ser atrapados, comenzaron a sentirse más livianos; de pronto se transformaron. Las piernas se hicieron más delgadas, los brazos se convirtieron en alas, el cuerpo se les cubrió de plumas. Los rasgos humanos de los dos jóvenes desaparecieron para dar lugar a las esbeltas formas de dos aves de gran tamaño: quedaron convertidos en lo que, con el tiempo, se llamó ñandú.
A toda velocidad, dejando muy atrás a sus perseguidores, llegaron a la tribu de sus aliados. Éstos, alertados, tomaron sus armas y se pusieron en marcha rápidamente. Así sorprendieron a los invasores y los obligaron a regresar a sus tierras.
De este modo cuenta la leyenda que fue como apareció el ñandú sobre la tierra.
LA PACHAMAMA
Para los quechuas es la Madre Tierra, deidad máxima de los cerreros peruanos, bolivianos, y del Noroeste Argentino. Pacha es universo, mundo, tiempo, lugar, mientras que Mama es madre. Se trata de una divinidad femenina que produce, que engendra. Su morada está en el Cerro Blanco (o Cerro Nevado de Cachi) y se cuenta que en la cumbre existe un lago que rodea a una isla habitada por un toro de astas doradas que al bramar emite por la boca nubes de tormenta.
En la región del NOA, su fiesta se celebra el 1º de agosto. Ese día los pobladores que participan del ritual entierran cerca de sus viviendas una olla de barro con comida cocida. También colocan coca, alcohol, vino, cigarros y chicha para "carar" (alimentar) a la diosa. Ese mismo día –sostienen sus fieles – hay que ponerse unos cordones de hilo blanco y negro confeccionados con lana de llama, hilada hacia la izquierda. Tales cordeles se atan en cuello, tobillos y muñecas para evitar el castigo de la Pacha Mama.
LOS RÍOS PILCOMAYO y BERMEJO
Cuenta la leyenda que, una vez que terminó la creación, Tupá (Dios) confió a Guarán la administración del Gran Chaco, que se extendía más allá de la selva. Y Guarán comenzó la tarea. Cuidó de la fauna y de la flora, de la tierra, de los ríos y de los montes. Y también gobernó sabiamente a su pueblo, logrando una verdadera civilización. Guarán tuvo dos hijos: Tuvichavé, el mayor, que era impetuoso, nervioso y decidido, y Michivevá, el menor, más reposado, tranquilo y pacífico.
Antes de morir Guarán entregó a sus vástagos el manejo de los asuntos del Gran Chaco. Fue entones cuando comenzaron las peleas entre los dos hermanos, ya que ambos tenían opiniones diferentes respecto de cómo administrar los bienes de la región.
Un día se les apareció el genio del mal, Añá, quien les aconsejó que compitieran entre sí para resolver las cuestiones que los enfrentaban. Tuvichavé y Michivevá, cegados por sus diferencias, decidieron hacerle caso. Subieron a los cerros que lindaban con el Gran Chaco, y, para disputar su hegemonía sobre la región, acordaron realizar diversas pruebas de destreza, resistencia y habilidad, especialmente en el manejo de las flechas.
En una de esas tentativas, Michivevá lanzó una flecha contra un árbol que servía de blanco. Pero Añá hizo de las suyas: la desvió, y logró que la saeta penetrara exactamente en el corazón de Tuvichavé. Al instante la sangre brotó a borbotones y comenzó a bajar por los cerros, llegó hasta el Chaco, se internó en su territorio y formó un río de color rojo: el "I–phytá" (Bermejo).
Al darse cuenta de lo que había hecho como consecuencia de ese inútil enfrentamiento, Michivevá comenzó a deshacerse en lágrimas. Y lloró tanto, que sus lágrimas corrieron tras el río de sangre de su hermano. Así se formó el Pilcomayo, siempre a la par del Bermejo.
Y el Gran Chaco quedó sin jefe. Pero siguió prosperando bajo el cuidado de la naturaleza; enmarañado, impenetrable, surcado por el río de aguas rojas, nacido de la sangre del corazón de Tuvichavé.
PUENTE del INCA
Cuenta la leyenda que hace muchísimos años, el heredero del trono del imperio inca se debatía entre la vida y la muerte, siendo víctima de una extraña y misteriosa enfermedad. Las plegarias, rezos y recursos de los hechiceros nada lograban y se desesperaban por no poder devolverle la salud. El pueblo amaba intensa y entrañablemente a su príncipe, invocaba a sus dioses y realizaba sacrificios en su honor. Fueron convocados los más grandes sabios del reino, quienes afirmaron que sólo podría sanarlo el maravilloso poder del agua de una vertiente, ubicada en una lejana comarca.
Los habitantes partieron en numerosa caravana, vencieron infinidad de dificultades, marcharon durante meses en que veían agotadas sus fuerzas, y un día se detuvieron ante una profunda quebrada, en cuyo fondo corrían las aguas de un río tempestuoso. En el lado opuesto, estaba el codiciado manantial, pero... ¿cómo hacer para llegar a ese inaccesible lugar?
Meditaron durante mucho tiempo, tratando de buscar una forma de arribar hasta las milagrosas aguas, pero todo fue en vano. Cuando ya la desesperación los dominaba, aconteció un hecho extraordinario: de pronto se oscureció el cielo, tembló el piso granítico y vieron caer, desde las altas cimas, enormes moles de piedra que producían un estrépito aterrador.
Pasado el estruendo y más calmados los ánimos, los indígenas divisaron asombrados, un puente que les permitía llegar sin dificultades hasta la fuente maravillosa. Transportaron hacia ella al príncipe, quien bebió de sus aguas y muy pronto recuperó la salud.
La omnipotencia del dios Inti, el sol, y de Mama–Quilla, la luna, habían realizado el milagro.
Así surgió, según la leyenda, ese arco monumental de piedra que recibió el nombre de Puente del Inca, que se levanta custodiado por el Aconcagua, rodeado por la imponente belleza de los Andes.